El gobierno cubano presidido por Díaz-Canel y controlado por Raúl Castro -donde cada vez más su nieto Raúl Guillermo Rodríguez Castro gana en protagonismo dando declaraciones tanto a medios nacionales como extranjeros- ha decidido abierta e impunemente restaurar el capitalismo. Mientras todos los medios de prensa extranjeros lo dicen claramente, la propaganda del PCC insiste en que las nuevas medidas son para fortalecer el socialismo.
Revisemos brevemente las principales medidas: adopción de la banca privada, se autoriza ser propietario de cuantas empresas se pueda tener, las empresas privadas pueden contratar cuantos trabajadores deseen y pagar según estimen conveniente, desaparece por completo el monopolio del comercio exterior, se pagará la deuda externa con venta de activos nacionales, los rubros donde no podrá existir el sector privado queda reducido al mínimo. Tendrán que suprimir de las escuelas la historia de la Revolución cubana para que las nuevas generaciones no se percaten que los actuales gobernantes traicionaron a la revolución.
Y casi risiblemente, el primer ministro, anuncia muy feliz que invita a las grandes cadenas de comida rápida a desembarcar en Cuba: el centenario del comandante en jefe se celebrará con el coronel Sanders.
Raúl Rodríguez Castro dice que este paquetazo es por más socialismo y quienes se oponen son conservadores. Un diputado argumenta que el socialismo “es para los pobres y los ricos”. Este discurso recuerda el de los burócratas de la URSS que cuando se hacía evidente la restauración capitalista seguían mintiendo diciendo que eran medidas socialistas.
Con este nuevo paquetazo, que en realidad es el anuncio de la transición al capitalismo, se da paso al enriquecimiento total del generalato y los tecnócratas dirigentes. Se repartirán los restos de la empresa estatal y veremos el surgimiento de una gran oligarquía oficialista.
Sin embargo, nada dicen las medidas de las libertad políticas. La idea es continuar el modelo chino: la misma dirigencia burocrática administrando una economía capitalista. La represión continuará. Es imposible restaurar el capitalismo sin reprimir a la clase trabajadora.
Mientras tanto, en las calles de La Habana estallan cada noche en protestas. No es solamente por las necesidades, sino porque, básicamente, no tienen ninguna identificación con el gobierno. Cuando triunfó la Revolución cubana esos obreros y campesinos que tomaron las armas para enfrentar toda posible invasión yanqui, defendían los beneficios recibidos por el proceso que encabezaba Fidel Castro. Hoy, para la juventud cubana, aquellos beneficios les puede parecer una mera propaganda política, pero para aquel campesino sin tierra, para aquel obrero pobre, para el analfabeto, para el que nunca se imaginó estudiando en la universidad, para el que supo que no sería desalojado de la casa donde vivía, para todos ellos la Revolución era el mejoramiento inmediato de sus vidas y defenderla era defender sus intereses. Pero hoy, esa sociedad cubana, mientras ve a sus dirigentes vivir bien, enriquecerse y ahora -nuevamente- tomar medidas inconsultas de las que dudan se podrán beneficiar, ese pueblo se encuentra en una realidad de salarios que no duran la semana, los cortes de electricidad de más de un día, la basura cortando incluso el tránsito, en no pocos lugares resignándose a cocinar con leña, el país casi sin transporte público, hambre y terrible escasez de medicamentos o insumos médicos tan básicos como estetoscopios. Y ninguna salida. Decirles que todo es culpa del bloqueo les resulta una broma de mal gusto. Mientras el país se sigue hundiendo en la oscuridad, el gobierno vende paneles solares. Mientras las madres no tienen qué darle de comer a sus hijos, en el medio oficialista Cubadebate se publica propaganda de una empresa de productos lácteos. Para esas mayorías cubanas no hay ningún motivo por el cual defender el gobierno cubano. A ellos les cuesta trabajo imaginarse un futuro peor -aunque lo pueda haber-.
No en vano pareciera que al gobierno de Díaz-Canel lo apoyan más en el extranjero que en Cuba. Lo apoyan los reformistas y los estalinistas: dos caras de la contrarrevolución. También desde el extranjero los familiares y testaferros de los burócratas cubanos intentan no solo defender al PCC y la transición al capitalismo, sino de mostrarse amables y no agresivos como lo fueron. Quieren borrar su pasado represor.
Quien hoy en Cuba defiende al gobierno es un privilegiado que cierra filas con el PCC para no verse arrastrado por las masas. Ellos, al igual que en algún momento hizo la burguesía, no quieren perder sus privilegios. Ellos, quienes ya dan bandera abierta a la transición al capitalismo, no dudarán en entregar Cuba al imperialismo.
Tras una reunión de Estados Unidos con representantes de la ASEAN para hablar exclusivamente sobre Cuba, llegó a La Habana el canciller vietnamita. Hanoi fue uno de los pocos países que se unió a la plataforma militarista de Donald Trump llamada Board of peace. Se negocia la transición. Todo final es posible. Al gobierno cubano solo le importa sobrevivir como casta y no defender a la clase trabajadora que dice representar.
Este escenario de tránsito al modelo chino atravesado por protestas populares lo veníamos anunciando en Comunistas Cuba desde nuestra fundación. Y ante ello mantenemos y actualizamos nuestro programa político:
