Durante las protestas populares del 11 de julio de 2021, cuando un joven manifestante iba a ser arrestado, los policías como en rito exorcista le gritaban “Yo soy Fidel”. El joven les respondió: “Fidel es mi ídolo. El hijo de perra es Díaz-Canel”.
En medio de la crisis política y económica de la Cuba actual sobrevuela el hálito de que este año es el centenario de Fidel Castro. “Parecía que el Apóstol iba a morir en el año de su centenario”, decía Fidel Castro en La historia me absolverá refiriéndose a Martí: el asalto al cuartel Moncada, fecha clave en la revolución fidelista, ocurría el mismo año en que el héroe nacional cubano cumplía sus cien años.
Sin embargo, esta crisis que hoy sufre Cuba, ¿se soluciona volviendo a Fidel? De seguido salta otra pregunta: ¿Qué responsabilidad tiene Fidel Castro en la tragedia cubana actual?
La imagen de José Martí llegaba a su centenario de manera impoluta, al punto de que las críticas hechas por Máximo Gómez y Antonio Maceo serían completamente silenciadas. Martí era -es- ese héroe nacional donde todos se encuentran. Batista y Guiteras, Chibás y Prío, Grau y Marinello, José Miguel Gómez y Evaristo Estenoz, en los actos del PSP celebrando el cumpleaños de Stalin, en los mítines electorales de los partidos batistianos: la imagen de José Martí aparecía como el símbolo de Cuba y en consecuencia, asumir al Apóstol era un deber, un derecho y un rasgo ineludible de toda tendencia política cubana. Las sentencias martianas, recogidas ya para educar como para respaldar políticamente, se repetían sin mucho cuestionamiento. Solo hoy, siglo y medio después, un pequeño grupo se atreve a identificar el contenido machista de su literatura infantil -impartida acríticamente en las escuelas cubanas hasta hoy-.
Pero la gesta de Fidel Castro pareciera, como mismo él dijera de Martí, que en el centenario de su nacimiento fuera a morir. Quienes sufren los apagones de hasta dos días seguidos teniendo que despertar de madrugada cuando “llega la luz y el agua” para cocinar y llenar las botellas, quienes atraviesan la carencia de medicamentos y alimentos, la casi total ausencia de transporte público, la basura acumulada en las esquinas al punto de casi cortar el tránsito y siendo quemada por los vecinos haciendo de las noches habaneras una espectral versión de algún film distópico, quienes ven a un gobierno hablando de algo que no existe, mientras las medidas económicas solo afectan a las mayorías, el sector privado aumenta los precios de lo que vende mientras que el sector estatal ya no abastece de casi nada, la mayoría de esa población agobiada no encuentra en el cerco trumpista al principal responsable de sus males: es Díaz-Canel y sus ministros, es en consecuencia, sin mucho análisis crítico, el socialismo, el principal culpable. Lo más probable que aquel joven seguidor de Fidel y manifestante del 11J hoy no esté en Cuba. Casi tres millones de cubanos han emigrado en cinco años. La frase “con Fidel esto no estuviera pasando” recorre algunas casas como una resistencia leal, pero en los hechos, quienes la repiten, tampoco pueden explicar mucho dónde empieza y termina la responsabilidad del Comandante en Jefe ¿No fue él acaso quien lideró todo ese gran proceso que ha desembocado en la tragedia actual?
La primera y gran responsabilidad que se le debe señalar a Fidel Castro es no haber dado paso a un sistema donde la clase trabajadora fuera quien tuviese el poder. El socialismo, ese sistema económico de transición al comunismo, es la socialización de los principales medios de producción y, en consecuencia, la supresión de la explotación del trabajador. Pero, para poder eliminar todo vestigio de explotación del ser humano, toca construir un sistema verdaderamente democrático.
Si en el sistema político liberal burgués la democracia es un maravilloso teatro donde pareciera que todas las fuerzas y clases tienen la posibilidad de ejercer el poder -cuando en realidad si un partido de trabajadores gana las elecciones y decide construir el socialismo es derrocado por la burguesía o al menos esta lo intenta, sin importarle violar la constitucionalidad establecida-; en cambio, con la democracia que debe nacer tras el triunfo del socialismo, es decir, la plena desaparición de la burguesía, se consagraría en su totalidad el poder del pueblo: al haber una sola clase el Estado pierde su razón clasista -el Estado, nunca lo olvidemos, es una clase reprimiendo a su clase antagónica-.
Pero, si no hay burguesía ni latifundistas ¿a quién reprimiría entonces la clase trabajadora ya una vez en el poder? El sentido de un Estado de trabajadores es únicamente organizarse mientras aún existan potencias capitalistas. La coexistencia pacífica tan propalada por el estalinismo no solo es la traición a la revolución mundial sino que termina siendo de plena utilidad al capitalismo: la burguesía siempre va a luchar hasta último momento para poder destruir todo vestigio de sistema socialista. El mejor ejemplo es la Cuba de hoy: a Estados Unidos no le importa que el gobierno cubano esté intentando restaurar el capitalismo. Trump intenta que los burócratas cubanos se plieguen a él entregándole toda la economía. Si el adjetivo comunista subsiste en el partido que controle Cuba que sea solamente para garantizar la existencia de ese nuevo tipo de neocolonia nacida en la Venezuela de los entreguistas hermanos Rodríguez.
Pero el Estado socialista -donde la sociedad solo está compuesta por trabajadores, estudiantes y jubilados- de no ser construido mediante un modelo democrático -los trabajadores controlando el poder- ¿es socialista? No: es un proceso que se limita a construir el socialismo, pero no puedo llegar a él. Sus dirigentes cada vez más obtendrán poder. Solamente consultarán a las mayorías -lo cual será cada vez más teatral- y en consecuencia esos dirigentes defenderán más sus intereses que los de la clase a la cual se deben -y dicen representar-.
Solamente un sistema donde los trabajadores tengan el verdadero poder político puede evitar esto y, en consecuencia, puede eliminar la parálisis de la revolución y su muerte. No es ya un debate teórico: el modelo cubano -un líder conduciendo un proceso socialista mediante un sistema político con casi nulas herramientas democráticas reales- se expandió como ejemplo para todos los movimientos de liberación que fueron tomando el poder. Desde el Benin de Mathieu Kerekou, pasando por la Angola del MPLA hasta el Socialismo del Siglo XXI, Fidel Castro resultó el modelo a seguir: la democracia era un trasfondo muchas veces comparado con los intereses de la contrarrevolución. Bajo la lógica de si el gobierno beneficia a las mayorías, entonces quien se oponga al gobierno se opone a las mayorías, toda crítica era presentada como funcional a los intereses de la burguesía -que al no existir ya en los países donde había sido expropiada se traducía en los intereses del imperialismo-.
Fue bajo ese modelo que Cuba llegó al envejecimiento de Fidel Castro. Su cuadro sustituto, Raúl Castro, aunque al llegar al poder planteaba que ya de haberse optado por el modelo de “partido único, lo que nos corresponde es promover la mayor democracia en nuestra sociedad, empezando por dar el ejemplo dentro de las filas del Partido” evidenció rápidamente que nada iba a cambiar escogiendo a Díaz-Canel. El mismo Raúl Castro presentaba al actual presidente como “el sobreviviente” de cuadros que habían sido expuestos a pruebas y dejaba bien claro que haría dos mandatos.
El anticapitalismo de Fidel Castro -quien durante todo su largo gobierno se opuso a reformas de mercado, limitándolas lo más posible en los años noventa y deteniéndolas tras el florecimiento de la economía con el auge del chavismo- fue siendo cada vez más suprimido del discurso oficial. Entre todos los fragmentos que la televisión cubana repite diariamente por el centenario de Fidel Castro se ha suprimido la constante negativa explícita que hacía el Comandante a la apertura al sector privado.
Fidel Castro ha sido traicionado. Su proyecto socialista -aunque autoritario- no contemplaba la desfinanciación de la salud, educación y protección social como lo ha hecho el actual gobierno cubano. La supresión de casi todo apoyo a las mayorías, los continuos recortes al sector estatal, la drástica apertura al capitalismo y la invitación al mismísimo Trump para que haga su isla de lujo es la negación rotunda de Fidel Castro. Entonces, ¿no tiene responsabilidad Fidel Castro de las medidas que hoy aplica el gobierno cubano?
Sí: su gran responsabilidad es haber creado el modelo autoritario donde la clase trabajadora no puede controlar las decisiones del gobierno. Mientras la línea fidelista controló el gobierno se priorizó el bienestar social; cuando Raúl mediante sus tecnócratas se abocaron al modelo chino -un partido nominalmente comunista que decide restaurar el capitalismo y administrar la economía de mercado- la clase trabajadora resultó completamente golpeada. Este giro no es solo el capricho del máximo líder -Raúl Castro quien en sus más de noventa años demuestra que él es quien tiene el poder y no el mediocre monigote apedillado Díaz-Canel-, sino el rumbo natural de un gobierno donde sus dirigentes se separan cada vez más de la clase trabajadora que deben representar. Llega el momento en que el sistema socialista se les convierte en una traba a los intereses personales de esos dirigentes. Seguir gobernando en nombre de un partido comunista, sí, pero ser propietarios reales de empresas o incluso, bancos.
Fidel existe hoy en medio de esa dualidad: el responsable de un modelo político que, sin él pretenderlo, llevó a Cuba a lo que el mismo Fidel negaba.
Entonces, ¿de qué nos sirve Fidel?
Si sabemos despojarlo de ese gran error, podemos asumir al Fidel que enfrentó a Estados Unidos desde una revolución socialista, al Fidel coherente que no pactó con la burguesía y el latifundismo quien le exigía detener la Reforma Agraria, al Fidel obcecado en el bienestar de la clase trabajadora, al Fidel que llama a construir la revolución tricontinental, al Fidel que moviliza a las mayorías en aras del bienestar de las mayorías, al Fidel que logró elevar las condiciones de vida de toda la clase trabajadora, al Fidel que apoyó el desarrollo de la educación y la cultura, al Fidel de los países explotados. El Fidel que demostró que una revolución antiimperialista era posible.
Echar abajo a Fidel Castro en nombre del socialismo es tan desacertado como tomar a Fidel Castro como el principal referente del socialismo. De momento, Fidel Castro junto al Che Guevara es la figura más importante del socialismo en América Latina. Desde Eritrea hasta Australia, desde Argentina hasta Finlandia, desde Nepal hasta Uganda, Fidel es símbolo de la resistencia anticolonial. No es la construcción de una propaganda, sino los hechos. No siempre Trotsky fue el principal referente de la democracia obrera: solo toca ir a las polémicas de 1921 sobre los sindicatos. Pero Trotsky después desarrolló una crítica orgánica a la burocratización del intento de construcción del socialismo. Es decir, ninguna imagen política es impoluta. Quizá Trotsky, por haber pasado la mayor parte de su vida política en la oposición, está más libre de errores. Pero tampoco Rosa Luxemburgo, quien con una asombrosa certeza anunciaba el devenir de la URSS, queda liberada de errores.
Que Fidel Castro haya estado décadas en el poder, suprimiendo críticas en aras de la unidad ya lo convierte en una figura con más puntos señalables que Rosa Luxemburgo. Pero Fidel tampoco es Stalin: Stalin no construyó la revolución, y más de un caso se le puede señalar de revoluciones que sepultó. Los miles de comunistas asesinados por Stalin no existen en el prontuario de Fidel Castro. El pecado de Fidel Castro fue dar como ejemplo una revolución que pretendía construir el socialismo sin los trabajadores en el poder; como también fue pecado establecer la idea de que la clase trabajadora solo se contenta con salud y educación, más las necesidades básicas cubiertas sin mayores pretensiones. La sociedad consumista capitalista, cuando lograba sociedad de bienestar social, golpeaba entonces ese débil modelo de socialismo. El ocio y la libertad, el arte crítico y la expresión, son partes inseparables del socialismo, son piezas fundamentales en una revolución. Su empobrecimiento o supresión conlleva inevitablemente a la burocratización e imposibilidad de lograr la plena construcción del socialismo, incluso, su abandono. Nada de esto lo tuvo en cuenta Fidel o al menos lo dejó a un lado para construir un modelo donde solamente él sabía cómo se hacía el socialismo y solamente él sabía cuáles opiniones ajenas podían resultar útiles.
La sumatoria del impacto global de Stalin y sus continuadores brezhnevianos o maoístas, más el de Fidel Castro e incluso el Che Guevara sin dar tanta fuerza a la necesidad de la democracia socialista, provocó que millones de personas vean en el socialismo un inevitable modelo autoritario. Por si fuera poco, cuando tras la caída de la Unión Soviética volvió a aparecer un mandatario -aunque fuera ambiguamente- hablando de socialismo y anticapitalismo -Hugo Chávez- su proyecto devino en otro modelo autoritario y, ahora, terminó demostrando una plena debilidad ideológica.
¿Qué queda entonces sino un amasijo de esperanzas casi teológicas? Queda terminar por entender que centrar un proyecto revolucionario en un líder es ir inevitablemente a la burocratización y muerte del mismo. Queda en consecuencia, tener en cuenta como brújula fundamental que la clase trabajadora organizada es quien debe conducir la revolución para la toma del poder y luchar por su propio bienestar.
Queda aprender de la historia, no para ambiguamente “no repetir el pasado” -esto implica sepultar todo intento de revoluciones anteriores-, sino para tenerla como herramienta política en el verdadero socialismo, en ese puente de tránsito hacia a la sociedad sin clases ni Estado. En una sociedad sin censura, ni represión. En una sociedad donde el sujeto está plenamente emancipado. En una sociedad donde los discursos telúricos de Fidel Castro sigan emocionando cuando se escuchen y se tengan de ejemplo de lucha antiimperialista y de que la revolución es posible, que la revolución no es una consigna sino mejorar las condiciones de vida de las mayorías a niveles no posibles de realizar bajo el capitalismo; pero todas estas vindicaciones de Fidel nunca pueden provocar que olvidemos los campos de trabajo forzado a que fueron sometidos los homosexuales calificados por él mismo como “árboles torcidos”, ni olvidar que permitió la represión estalinista contra los mejores jóvenes intelectuales revolucionarios de los sesenta, sin olvidar que jamás construyó un modelo político donde la clase trabajadora condujera y por tanto decidiera, sin olvidar que estableció un sistema de propaganda y poder donde su figura terminó siendo infalible y cualquier crítica a su persona podía costarle el empleo a quien la hiciera, sin olvidar entonces que Fidel nos demostró que una revolución socialista sí se puede hacer, pero no resultará victoriosa, y por tanto no se llegará al socialismo, de no ser una revolución donde la clase trabajadora gobierne.
Por Frank García Hernández
