El célebre escritor cubano y Premio Cervantes de la Literatura Española 1997, Guillermo Cabrera Infante, dedicó en su libro Tres Tristes Tigres un capítulo sobre cómo famosos autores hubieran narrado el asesinato de Trotsky. De especial relevancia es el que Cabrera Infante escribió imitando a José Martí, empleando incluso a modo de parodia el título de uno de los más conocidos poemas martianos: Los zapaticos de rosa.
Vale decir que Cabrera Infante en algún momento de su vida se reconoció trotskista, siendo la revista que él coordinaba -Lunes de Revolución- el único medio cubano fidelista en publicar un texto de Trotsky entre 1959 y 2017 -para ese año la revista cultural estatal santaclareña Zona Franca publicó un breve artículo de Trotsky-.
Tras continuas presiones del estalinismo cubano, Cabrera Infante decidió exiliarse, no pudiendo regresar jamás a Cuba. Durante décadas su obra fue tan silenciada en Cuba que en las escuelas se enseñaba que solo dos cubanos habían recibido el Premio Cervantes: Dulce María Loynaz y Alejo Carpentier, ocultándose así que Cabrera Infante había sido galardonado con el mismo reconocimiento. Incluso Cabrera Infante no estaba ni en el Diccionario de Literatura Cubana -ocultamiento que también ha sufrido el poeta Juan Ramón Breá cuyo pecado es ser una de las principales figuras del trotskismo cubano-. Su memoria comenzó a ser rescatada cuando como parte de un pequeño proceso de apertura política fue premiado en Cuba el libro de los periodistas Elizabeth Mirabal y Carlos Velazco titulado Tras los pasos del cronista: una biografía del periodo de Cabrera Infante en Cuba.
Reproducimos a continuación el texto de Cabrera Infante que desde la herejía homenajea a Trotsky y Martí.
Cuentan que el desconocido no preguntó dónde se comía o se bebía, sino dónde estaba la casa amurallada y sin quitarse de arriba el polvo del camino, se dirigió a su destinación, que era el último refugio de León Hijo-de-David Bronstein: el viejo epónimo: profeta de una religión herética: mesías y apóstol y hereje en una sola pieza. El viajero, este torcido Jacobo Mornard, llegó con sus odios magníficos hasta el destino notorio del hebreo grande, de apellido de piedra broncínea y a quien parece que ennoblecían la faz fulgores de rabino rebelde. Al anciano bíblico le distinguían la mirada alta y como de présbita, el gesto de hombre antiguo, el ceño aducto y ese temblor en la voz que revela a los mortales a quienes los Hados destinan a elocuencias profundas. Al futuro asesino: una ojeada turbia y los andares inciertos del desafecto: esbozos que no completaron nunca, en la mente dialéctica del saduceo, la impronta histórica de un Casio o de otro Bruto.
Pronto fueron maestro y discípulo, y mientras el anfitrión noble olvidaba sus cuitas y cautelas, y dejaba que el afecto abriera una trocha de fuego de amor hasta su corazón antaño helado de reservas, en el aire hueco y como de negra. noche que llevaba el protervo a la izquierda del pecho, se anidaba, siniestro, lento, tenaz el feto de la traición más innoble -o de taimada venganza, porque dicen que siempre hubo en el fondo de su mirada como un secreto agravio contra aquel a quien, en simulación acabada, llamó Maestro a veces, con la mayúscula de los grandes encuentros, Juntos se les vio en ocasiones y aunque el bueno de Lev Davidovich –así le podía llamar ahora el que en realidad llevaba disfrazado su nombre de mercader y portaba credenciales de falsía– extremaba las precauciones –porque no faltaban, como en la anterior tragedia romana, el agüero malo, el destello revelelador de las premoniciones o la eterna costumbre del recelo– siempre otorgaba audiencia en soledad al visitante taciturno y a veces, como en el día aciago, suplicante y consultador. Trajo en sus lívidas manos los papeles engañosos y por sobre el cuerpo cerúleo y magro y temblón, un macferlán que habría sido delator en la bochornosa para un ojo dado a mayores conjeturas y sospechas: no era la desconfianza el fuerte del rebelado ni tampoco la duda sistemática, la ojeriza como hábito. Debajo, llevaba el taimado un pujavante alevoso, la azuela magnicida, la punza, y más abajo, su alma de efectivo alabardero del nuevo zar de Rusia. Ojeaba el confiado las pretensas escrituras, cuando el otro descargó su golpe traicionero y la acerada alabarda fue a clavarse en la nevada testa ennoblecida.
Un grito resuena en el ámbito claustral y allá corren los adláteres (Haití no ha querido mandar a sus negros elocuentes) apresurados y afanosos a apresarlo. «No lo maten», todavía tiene tíempo de advertir el hebraico magnánimo y los secuaces insolentados respetan, sin embargo, la consigna. Cuarenta y ocho horas de vela y esperanzas dura la formidable agonía del noble jefe, que muere luchando, como había vivido. Ya no eran suyas la vida y el trajín político, ahora le pertenecían la gloria y la eternidad histórica.
