Sobre el hallazgo del cuerpo de Camilo Torres

Desde su caída en combate en 1966, el cuerpo del sociólogo y cura revolucionario colombiano Camilo Torres -quien en los últimos momentos de su vida se unió al Ejército de Liberación Nacional- había estado desaparecido. Sus compañeros de combate no pudieron recuperar el cuerpo durante la batalla y el ejército oficial lo ocultó al punto de que, con el pasar de los años se perdió la pista real de dónde estaba el cadáver de Camilo Torres. Esta semana el presidente colombiano Gustavo Petro dio a conocer la noticia de que el cuerpo de Camilo Torres fue encontrado. Sin embargo, el historiador colombiano Carlos Medina Gallegos, especialista en Camilo Torres y exmiembro del ELN, escribió al respecto un largo y necesario artículo sobre el hallazgo, el cual reproducimos a continuación. 

Camilo Torres no es solamente una figura de la historia colombiana, sino que marcó el inicio de la Teología de la Liberación, corriente militante donde curas católicos adhirieron al camino de la revolución. Su madre, Isabel Torres, terminó viviendo sus últimos días en La Habana como invitada de Fidel Castro, al punto de que sus restos descansan hoy en el habanero Cementerio de Colón.

Al final, compartimos un excelente documental sobre Camilo Torres donde entre los entrevistados se encuentra un todavía joven Gabriel García Márquez.


Sobre el hallazgo del cuerpo de Camilo Torres

Por Carlos Medina Gallegos


Qué es verificable y qué sigue siendo hipótesis...

Hablar del “hallazgo del cuerpo” del sacerdote revolucionario Camilo Torres Restrepo exige un cuidado metodológico especial: durante seis décadas el paradero de sus restos ha estado rodeado de secretismo institucional, versiones contradictorias y, al menos, un falso positivo forense. Por eso, la pregunta relevante no es solo si apareció, sino qué evidencias existen, qué cadena de custodia puede reconstruirse y qué está probado con técnicas científicas.

1) Lo que sí es estable y documentalmente consistente: muerte y desaparición del cuerpo (1966)

Camilo Torres murió en combate el 15 de febrero de 1966 (zona de San Vicente de Chucurí, Santander). A partir de ese hecho, distintos relatos coinciden en un punto crucial: el Ejército recogió el cadáver y no lo entregó públicamente a su familia ni dejó un registro transparente de la inhumación, lo que convirtió el caso en un símbolo temprano de cuerpo ocultado  en el marco del conflicto. Esa condición —un muerto reconocido, pero sin paradero verificable del cuerpo— es la base de toda la controversia posterior.

2) La primera gran “verificación” moderna terminó en descarte: la exhumación de 2016

El episodio más verificable en términos de ciencia forense, antes de lo ocurrido en 2026, es el de enero-abril de 2016:

El 25 de enero de 2016 se exhumaron restos de una bóveda/panteón militar en el cementerio municipal de Bucaramanga, por una hipótesis que ubicaba allí el cuerpo.

Luego, la Fiscalía informó que los análisis (incluyendo cotejos de ADN) concluyeron que no eran los restos de Camilo Torres. En varias notas de prensa se recoge el dato técnico reportado entonces: el ADN, “sobre 25 marcadores”, arrojó una precisión de 99,99% para descartar a Camilo y asociar esos restos a Mario Belarmino Cáceres Dueñas (nombre que, además, coincidía con la identificación de la bóveda).

Este punto es clave: hubo evidencia científica fuerte, pero para negar la hipótesis. Desde el enfoque probatorio, 2016 deja una lección: que exista una “versión” o una bóveda militar señalada no basta; el ADN puede desmontar narrativas completas.

3) Qué cambió en 2026: del “ELN dice” al “Estado verifica”

En la semana del 23 de enero de 2026, el tema reaparece porque el ELN difundió un comunicado afirmando que el cuerpo fue “encontrado” y que su autenticidad fue “verificada”.

Pero esa afirmación, por sí sola, no constituye evidencia verificable: no aporta metodología, no muestra trazabilidad, no explica custodia, ni revela qué pruebas se aplicaron.

Lo verificable —y aquí está el corazón del asunto— proviene de dos pronunciamientos institucionales:

UBPD (Unidad de Búsqueda): en su comunicación oficial del 23 de enero de 2026, la UBPD no “certifica” identificación plena; afirma que los avances técnico-científicos y la investigación humanitaria y extrajudicial permiten “acercarse… a la presunta localización” del cuerpo. Describe el método: contrastación de fuentes, revisión documental, testimonios y combinación de técnicas geomáticas, antropológicas y forenses, y subraya que continuará la verificación de hipótesis. (UBPD)

Medicina Legal: en el Comunicado No. 09 de 2026 (Bogotá, 23 de enero de 2026), el Instituto señala que adelanta análisis forenses para establecer si una muestra corresponde a Camilo Torres y precisa que no tiene bajo su custodia el cuerpo. Este detalle (muestras vs. “cuerpo identificado”) es determinante para entender el estado real de la evidencia.(Medicina Legal)

Además, medios nacionales recogieron que, en esa misma jornada, no había confirmación definitiva y que la propia directora de la UBPD cuestionó la conclusión del ELN (“no sabemos de dónde… saca esa conclusión”).

4) Entonces, ¿hay “hallazgo” verificable hoy? Depende de qué se entienda por hallazgo

Con criterio probatorio, a 23 de enero de 2026 pueden afirmarse con seguridad dos cosas:

1.Existe una hipótesis institucional fuerte de localización (UBPD) sustentada en investigación documental/testimonial y técnicas de búsqueda, pero aún formulada como presunta.(UBPD)

Existe un proceso forense en curso (Medicina Legal) sobre muestras, no sobre un “cuerpo plenamente identificado bajo custodia”, y por tanto la “verificación” científica definitiva (por ejemplo, ADN con familiares y controles de cadena de custodia) no ha sido públicamente cerrada.(Medicina Legal)

En contraste, hay reportajes que presentan el asunto como “identificación del cuerpo” ya consumada. Ese salto narrativo —de “presunta localización” a “identificación”— es precisamente lo que conviene evitar si el estándar es “verificable”.

5) Qué evidencias deberían publicarse para cerrar el caso con estándar alto. 

Si la sociedad colombiana quiere una conclusión sólida (y no otro episodio como 2016), el cierre debería incluir, idealmente:

1. Informe de exhumación/recuperación: lugar, fecha, quién custodia, embalaje, cadena de custodia.

2. Antropología forense: estimación de sexo/edad/rasgos, trauma, correlación con contexto histórico.

3. Genética: metodología (marcadores/STR), perfiles de referencia familiar, probabilidad estadística, controles de contaminación.

4. Triangulación histórica: por qué esa ubicación es consistente con documentos/testimonios (sin poner en riesgo a aportantes, pero sí con trazabilidad mínima).

Hasta que esa información se consolide, lo más riguroso es decir: hay avances serios y una presunta localización bajo verificación, con análisis técnico-científicos en curso.