¿Hay tiempo para Cuba?

 


Esta semana el gobierno de Díaz-Canel anunció que los cubanos emigrados podrán invertir en la isla, lo cual representa a todas luces, el inicio hacia el desembarco de los exiliados de Miami. Sin embargo, aunque el anuncio fue saludado por amplios sectores tanto dentro como fuera del país, el canciller estadounidense Marco Rubio afirmó que esta medida no es suficiente. Entonces, aquí llega la pregunta: ¿Daŕa tiempo a que las negociaciones entre el gobierno cubano y Estados Unidos concluyan antes de que explote el país en protestas populares? 

El mundo asistió asombrado este 14 de marzo al asalto de la sede del PCC en el municipio de Morón, Ciego de Ávila. Aunque algunos se quieran explicar que esto sucedió por la intervención de supuestos grupos financiados desde Estados Unidos, lo cierto es que fue el típico estallido popular de cuando un pueblo está harto. Existe un dato menos ventilado: en la misma protesta se saqueó la farmacia y el supermercado del pueblo, ambos centros estatales. Los manifestantes fueron contra los símbolos de poder, del gobierno que los sume en la pobreza y los apagones, sin pensar en por qué está sucediendo ello. Sucede que es una crisis la cual solo se ha visto agudizada: esas provincias sufrían una situación de abandono que en realidad lo llamativo es no hubiera estallado antes. 

Pero al mismo tiempo, asaltar la sede del Partido es un salto cualitativo en las protestas cubanas. Hasta el momento, las protestas en los pueblos del interior, terminaban frente a la sede del Partido, pero reconociendo la autoridad del mismo y casi siempre diluyéndose tras algunas explicaciones de los dirigentes. Ahora, la manifestación destruyó al Partido-Estado y en consecuencia se habla de que ya existe un sector popular decidido no solo a exigir reivindicaciones sino que entiende al gobierno como incapaz de cumplir las necesidades más básicas del pueblo: alimentos y medicamentos.

Mientras tanto, en La Habana, ya se cumple una semana de cacerolazos continuos ante los apagones que, con diferentes extensiones, se hacen presentes todas las noches -tanto las protestas como los cortes de electricidad-.

En menos de dos semanas se cumplirán tres meses de que fue secuestrado Maduro y el 27 de enero fue cuando la presidenta mexicana anunció que no se enviaría más petróleo a Cuba. Una semana después comenzó la crisis total energética. El 7 de febrero La Habana quedó sin transporte público y comenzaron a ser cerradas las universidades. 

Las calles están desoladas y “la gente” espera que este impasse termine. Cuando se habla con los cubanos de a pie y se miran las redes sociales de algunos extranjeros pareciera que hubiera más apoyo a Cuba afuera que adentro. Sucede que “afuera” viven de una realidad épica pasada -la cual muchos de ellos no vivieron- y a falta de un programa político para enfrentar sus propios dilemas nacionales, necesitan una retórica proveniente de décadas atrás. 

Sin embargo, solo con mirar detalladamente, se nota que dentro del mismo gobierno cubano existen más que quiebres: hay un quiebre en defensa ya no de ideologías, sino de sectores.

Marco Rubio había declarado a finales de octubre que estaba negociando con el nieto de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro. En aquel momento, parecía imposible que eso sucediera. Raúl Guillermo Rodríguez, más conocido en Cuba como El Cangrejo, nunca ha ocupado un cargo político ni administrativo: es conocido solamente por haber sido jefe de escolta personal de su abuelo Raúl y recientemente, ser el propietario de afamados restaurantes de la vida nocturna habanera donde la legalidad camina en la cuerda floja. El gobierno cubano negó aquellas conversaciones con la misma vehemencia de que resistirían hasta el venceremos. 

Pero en la última rueda de prensa dada por Díaz-Canel, donde se anunció que el gobierno cubano sí estaba negociando con Estados Unidos, llamó la atención que El Cangrejo estuviera en la primera línea. El mismo día, sin ningún cargo político ni administrativo, Raúl Guillermo Rodríguez Castro apareció en una reunión del Buró Político del Partido, máxima instancia del poder partidista -y en los hechos, del país-.

Quedan dos cosas bien claras: Raúl Castro no confía en Díaz-Canel ni en los burócratas de la cancillería. Envió a su nieto y su palabra vale más que cualquier discurso metafísico del presidente sin poder.

Al mismo tiempo, otra figura está haciéndose cada vez más presente: el viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga, sobrino nieto de Fidel y Raúl. Normalmente un viceprimer ministro no apareciera tanto en una situación de grave crisis como la actual, con mayor presencia que el mismo primer ministro. Evidentemente, la familia Castro -y el generalato- tomaron nota del secuestro de Maduro: no nos van a traicionar y, si hay que deshacerse de alguien, nosotros seremos quienes digamos quién será. Por su parte, Washington habrá aceptado la propuesta: Trump sabe quién tiene el poder en Cuba. Raúl Castro puso a Díaz-Canel y Raúl Castro lo quitará.

Ahora todo un sector de la burocracia da alaridos. El mismo Díaz-Canel publicó un repetitivo comunicado donde dice que resistirá. Quienes llaman desesperadamente a una resistencia que no encuentran en el pueblo solo están preocupados porque los dejen fuera de los negociados que se están preparando con Washington. Díaz-Canel caerá para mantener al generalato raulista en el poder. Las empresas de los cubano-americanos llegarán, pero, ¿Dará tiempo a que esto ocurra?

Si el gobierno cubano retrocede en la soberanía, volverá el petróleo. En un país donde la agricultura emplea todavía bueyes para abrir surcos, cualquier transnacional extranjera que se apropie de la tierra dará la imagen -horrible- de que el capitalismo es eficiente y enriquecedor. Pero Cuba no vale tanto económicamente como sí su derrota ideológica. Sin embargo, cómo mantener a los Castro en el poder y que Trump-Marco Rubio se arroguen una victoria política.

La destitución de Díaz-Canel -algo muy fácil de hacer pues con que solo Raúl Castro o alguien de su familia anuncie por televisión que debido a sucesivos errores ha sido depuesto o el mismo Díaz-Canel, después de ser presionado anuncie su renuncia junto al primer ministro para que asuma Oscar Pérez-Oliva Fraga- sería una válvula de escape para calmar momentáneamente unos ánimos muy poco contenidos. Nadie llorará a Díaz-Canel. Trump presentará su destitución como fruto de las presiones. Y si Trump está presionando por los cambios también es precisamente porque sabe que una explosión social en Cuba generará un caos casi incontrolable frente a sus costas. 

No habrá invasión yanqui. Menos aún con el problema en que se ha convertido Irán. Pero sí puede haber explosión social. Ante ello, no vale un fusil AKM. Salvo que se quiera disparar contra la clase trabajadora. 

Fue doloroso -es- ver a trabajadores cubanos gritando “Abajo el comunismo”, pero, se debiera tener una comprensión mayor de lo que sucede: en este caso no son ultraderechistas organizados que militan ideológicamente contra el marxismo. La explosión de Morón es la que hemos ido viendo una y otra vez a lo largo de América Latina, Asia, África.

Muchas de las organizaciones que desde el extranjero llaman a defender a Díaz-Canel, décadas atrás no apoyaron a la Revolución cubana y calificaban de aventurero al Che Guevara; pero cuando Cuba dejó de ser una revolución, cuando el Kremlin se hundió, entonces pasaron a alabar al proceso burocratizado: en ello, en la burocratización y la falta de democracia obrera, los que ahora defienden a Díaz-Canel sí se veían consagrados. 

Hoy se repite la historia. Los estalinistas y sus herederos apoyan a la burocracia dirigente y califican a la clase trabajadora que protesta de contrarrevolucionaria o manipulada por Estados Unidos y la CIA. Nunca confiaron en la clase trabajadora. Nunca les importó el marxismo. 

Es por ello que la izquierda revolucionaria, la antiestalinista, la verdaderamente marxista, la que exigió la liberación de los detenidos el 11J, debe alzar la voz contra el cerco trumpista, denunciar la complicidad de los gobiernos “nacionalistas” subordinados a Washington y dejar bien claro a su militancia que no es el gobierno cubano quien defiende a la clase trabajadora; que las consignas de Díaz-Canel son el temor a ser destituido por el mismo Raúl Castro; que todo en Cuba puede volar por los aires y toca ya, es urgente, tomar las calles de América y el mundo tanto para exigir que cese el hostigamiento imperialista, como que los gobiernos latinoamericanos terminen su cobardía y que Díaz-Canel salga del poder, no ya esperando un nuevo Castro, sea el apellido que tenga, sino para que asuma la clase trabajadora. De lo contrario, no habrá tiempo para Cuba.