Por Frank García Hernández
La democracia burguesa es democrática en tanto la clase trabajadora no intente tomar el poder. Es decir, la democracia burguesa solo existe para la burguesía y sus representantes políticos y, en el mejor de los casos, solo acepta a los comunistas en tanto que estos no representen una posibilidad real de disputarles el poder.
Nada de esto es teoría en abstracto. La historia contemporánea está plagada de estos casos. Cuando desde Cuba algunos marxistas críticos alertábamos que Estados Unidos intentaba no solo derrocar al gobierno de la isla, sino también imponer una dictadura anticomunista de economíaneoliberal bajo un sistema falsamente pluripartidista, nos señalaban de alarmistas; como mismo los voceros de Díaz-Canel nos acusaban, también de alarmistas, cuando desde los primeros artículos de Comunistas señalábamos que por el camino de apostarle todo al turismo y aplicar el modelo chino solo se iría a una plena crisis económica donde, obviamente, quien no tendría qué comer sería la clase trabajadora. Después todo se ha ido confirmando, como también que ese programa económico era la política para justificar la privatización y el neoliberalismo. Solo que esto podía ser caldo de cultivo para los anticomunistas.
Sucede hoy que desde el medio Cuba por Cuba -que una vez albergó cierto enfoque de democracia liberal donde también voces de izquierda eran aceptadas-, ahora, uno de sus principales coordinadores, José Manuel Rubines, afirma que el Partido Comunista de Cuba debe ser prohibido cuando caiga el gobierno.
Rubines, que fue profesor de la Facultad de Comunicación Social hasta que fue a España a cursar una maestría en cómo gobernar para la burguesía, plantea que el PCC ha sido una organización dictatorial. Sin embargo, Rubines sabe perfectamente que dentro de esta organización militaron miles de honestos comunistas. Prohibir al PCC -cuya cúpula hoy es denigrante y debe ser llevada a juicio por tribunales obreros- implica lanzar una persecución anticomunista: todavía son miles los comunistas en Cuba y tienen derecho a organizarse, como mismo deben ser juzgados los traidores que en nombre del comunismo han reprimido a la clase trabajadora cubana.
Existe, lo sabe perfectamente Rubines, una izquierda crítica, pero desarticulada. Rubines tiene toda la conciencia que a quienes él responde -se reunió entusiastamente con el embajador de Estados Unidos en Cuba cuando este diplomático del imperialismo visitó Madrid- de momento no les preocupa tanto la izquierda crítica. Aún la izquierda crítica es una muy pequeña minoría, pero si en una Cuba futura gobernada por los representantes de la burguesía -ya sea la proyanqui como una de carácter nacionalista- esta izquierda crítica, u otra, que por izquierda marxista pretenda representar los intereses de la clase trabajadora -las mayorías- se convierta en una alternativa real de llegar al poder, también Rubines dirá “hay que impedirlo”. Y si ya se ha prohibido al Partido Comunista, entonces los métodos para evitar que una izquierda marxista cubana llegara al poder, no sería ganarle las elecciones, sino ir contra su propia Constitución liberal -que ya por prohibir al marxismo, poco o nada tendría del liberalismo original-.
La burguesía -esa clase social poseedora de medios de producción que compra fuerza de trabajo para poner estos medios en movimiento y generar plusvalía-, es una clase minoritaria que, aunque varias veces expropiada y políticamente derrotada, se encuentra con que hasta ahora la clase trabajadora -por ser traicionada- no ha logrado construir un sistema democrático. Como se ve, no tiene sentido que la burguesía exista: si la clase trabajadora es quien pone en movimiento los medios de producción ¿Qué sentido tiene la existencia de la burguesía? Esta es una pregunta hoy ausente en Cuba porque afecta tanto al gobierno actual como a quienes pretenden convertirse en los nuevos amos.
Desgraciadamente, a lo largo de la historia, nunca la clase trabajadora ha podido ser quien dirija los destinos de su país, sino un puñado de dirigentes quienes según va pasando el tiempo terminan defendiendo exclusivamente sus intereses y no de quienes deben representar. Es lo mismo que la burguesía y sus representantes políticos: representan los intereses de una minoría.
¿Por qué no proponer en Cuba un modelo político donde a esa casta burocrática despreciable sea sustituida por la clase trabajadora? Abrumadoramente se escucha que un sector enriquecido sustituya al actual sector enriquecido. Es decir, se está peleando para ver quién controla la restauración del capitalismo en Cuba.
Los Díaz-Canel tienen sus voceros en el extranjeros: familiares de ministros y viceministros que oportunamente salieron del país, tal vez a jugar dudosos roles, y salen a divulgar la propaganda del Partido, con un discurso donde, curiosamente, cada vez menos hablan de socialismo. Ahora defienden casi sin ambages el proceso de liberalización. Incluso, en algunas embajadas cubanas, discretamente han retirado retratos de Fidel. Ante ellos están los Rubines, voceros de esa otra burguesía que pretende restablecer el capitalismo en Cuba pero donde no tendría participación la actual dirigencia y sus testaferros -es sabido que buena parte de los actuales dirigentes cubanos tienen no pocos negocios privados a nombre de familiares, reproduciendo así el modelo chino donde los hipócritas burócratas se enriquecen protegidos con sus hijos, esos famosos “principitos”-.
Como se ve, por todo esto, está ausente la clase trabajadora. Los comunistas verdaderos, perseguidos desde 1960 por el estalinismo, quedarían proscritos. Quedaríamos proscritos también quienes nos hemos ido organizando, muy incipientemente, desde el marxismo revolucionario y por tanto perseguidos. En esa Cuba futura, solo podrá gobernar la burguesía. Las mayorías seguirán fuera, como lo han estado siempre, del poder político. En esa Cuba futura además, serán reprimidas por su clase antagónica que por si fuera poco se subordinará a Estados Unidos como ya está dando muestras.
Que se le impida ejercer la política a quienes en nombre del marxismo traicionaron a la clase trabajadora no es lo que propone Rubines: su propuesta es prohibir el marxismo para poder llevar al poder a la burguesía sin ninguna resistencia. El planteo de que la burguesía no tiene por qué existir es un planteo que solo nace desde el marxismo y el anarquismo. Un modelo verdaderamente democrático sería donde la clase trabajadora tuviese el poder, tanto de la economía, como del sistema político. Para ello, en primera instancia, debe desaparecer la burguesía, lo cual se hace apropiándose los medios de producción, pero no otorgándolos a un sector parasitario que más tarde retornará al capitalismo: las expropiaciones para que la burguesía y todo modo de explotación desaparezcan, se tienen que realizar bajo el control de la clase trabajadora. Llegado ese momento, no tiene sentido que los partidos de la burguesía existan. Si ya no hay burguesía, nadie la defenderá. Pero el socialismo, es decir, donde la clase trabajadora tenga el poder, no es unipartidista. Precisamente ese modelo -el unipartidismo- es el que ha evitado construir el socialismo.
Con la clase trabajadora en el poder nacerían tantos partidos y tendencias como fueran necesarias para ir construyendo una sociedad que aspire al sistema donde también desaparezca el Estado. Como el Estado es una clase reprimiendo a su clase antagónica -como se ha expuesto en este texto- ya desaparecida la explotadora burguesía y siendo la clase trabajadora quien toma el poder, no tendrá sentido la existencia de instituciones represivas, en todo caso un ejército no profesional mientras los Estados imperialistas intenten destruirlo. Esa es la verdadera democracia, plena, de la clase trabajadora toda. Pero primero, para llegar a ella, tenemos que pasar por un proceso revolucionario, es decir, crear el nuevo sistema político y económico no aplicado hasta ahora: el socialismo y no repetir las dictaduras anticomunistas y neoliberales. Nada nuevo, ni bueno traen esas dictaduras, aún y se enmascaren de una supuesta democracia liberal, siempre son el sistema de una minoría -la burguesía- y al ser el modelo de una minoría no puede ser el poder del pueblo, la democracia. La propuesta de Rubines, quien se las da de defensor de la democracia, es la propuesta del más rancio autoritarismo dictatorial. Solo los Hitler, los Pinochet, y los gobiernos ultraderechistas han prohibido a los partidos comunistas. Gracias Rubines por ser sincero.
Libertad, sí, de mercado; democracia, sí, para los partidos de la burguesía: esa es la propuesta de Rubines y compañía donde también, en los hechos, caben los burgueses del canelato. No en vano Estados Unidos está dialogando con el gobierno restauracionista del falso PCC y no con los Rubines. No en vano, desgraciadamente, quizá veremos una “transición” donde sea la estructura del PCC quien continúe reprimiendo a la clase trabajadora para garantizar que las empresas estadounidenses controlen la economía. No en vano, si la clase trabajadora cubana no se organiza, veremos la continuación de regímenes autoritarios, cada vez más a la derecha, donde la democracia plena no tendrá lugar. Esta es la vieja y conocida -pero ahora oportunamente silenciada- historia de la restauración del capitalismo. El regreso al viejo régimen equivale a la perpetuación del actual. La propuesta comunista -no la del PCC dirigido por los dirigentes restauracionistas-, es la del fundador del primer Partido Comunista de Cuba, Julio Antonio Mella: Cuba libre para los trabajadores.
