Diego Sztulwark realiza una lectura del libro escrito por Frank García Hernández, «Cuba: una historia crítica (1959-2025). 65 años de revolución y contra-revolución», donde el autor desarrolla un modelo de análisis histórico político muy valioso.
Por Diego Sztulwark, escritor, historiador y filósofo argentino
Justo antes del triunfo de la revolución, mientras la dictadura se deshacía, Cuba tuvo durante unas horas un presidente llamado Piedra. Eso sucedió el primero de enero de 1959, fecha clave del siglo XX latinoamericano. Por la mañana Fulgencio Batista, por la tarde Manuel Urrutia (apoyado en las fuerzas comandadas por Fidel Castro), y entre ambos, este magistrado de granítico apellido llamado Carlos Manuel, que no logró retrasar lo inevitable. El dato lo aporta el historiador cubano Frank García Hernández, autor de un libro «Cuba: una historia crítica (1959-2025). 65 años de revolución y contra-revolución», que plantea cosas importantes en un momento que no es cualquier momento. En primer lugar, restituye distinciones rigurosas en el lenguaje político intervenido hasta la ruina por el régimen reaccionario de la comunicación: Batista el dictador; Castro el revolucionario. No es todo lo mismo. En segundo término, el libro recupera la historia concreta de Cuba como uncontinuo desde la formación del primer gobierno revolucionario hasta el actual gobierno de Díaz Canel, rompiendo la segmentación de relatos míticos aislados de la realidad actual, aptos para nostálgicos y turistas. En tercer lugar, su prosa es autónoma, no acomodada a la retórica oficial, ni –mucho menos–, a la semiótica hipercapitalista de quienes en estas horas sueñan con hacer de la perla del caribe una extensión de Miami. Que el libro aumente su vigencia tras de la agresión trumpista a Venezuela del último 3 de enero, no es un mérito desdeñable. En cuarto lugar, el autor asume el desafío nada sencillo de proponer –de suponer y exponer– la vigencia de la teoría revolucionaria –marxista– como mapa racional capaz de dar cuenta de la particular dinámica de la revolución cubana, de su radicalización inicial y de las tendencias que la conducen a la restauración del capitalismo. Y último, pero no menos importante, el libro desarrolla un modelo de análisis histórico político particularmente valioso para lectores no cubanos. La mención del efímero presidente pétreo, un detalle menor –si se quiere, una insignificante piedrita inesperada en el relato– viene a cuento para recordarnos hasta qué punto no lo sabemos todo de la hiper-narrada revolución cubana.
Hasta hace algunas décadas las izquierdas discutían la naturaleza de la originalidad de la revolución cubana. Si triunfase hoy día una revolución, cualquiera fuera, no dudaríamos un segundo en señalar su excepcional: nos bastaría considerarla como una vía de escape al sofocante mando capitalista para reconocerle su carácter histórico singular. Pero en la tradición de las izquierdas del siglo XX, los procesos de ruptura eran contrastados con el patrón de medida constituido por el modelo soviético. Y bien: ¿en qué consistió, pues esa originalidad? Una de las variables a considerar para el caso cubano, es, evidentemente, el carácter excepcional del central y longevo del liderazgo de Fidel Castro. García Hernández dedica páginas elocuentes a la elucidación de la ideología tanto como de la capacidad de dirección política que desde el inicio tuvieron Fidel y del Movimiento 26 de julio en detrimento de otras fracciones políticas que se integraron al bloque de poder revolucionario en formación a partir del 59. Y aunque no puede decirse que el asunto sea novedoso (no hay historia de Cuba que no nos cuente que el PC cubano, por entonces llamado PSP, y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, tuvieron diferencias internas incluso cuando se integraron ya en el poder en una organización única), sí es relevante la reconstrucción historiográfica de las condiciones que concurren al duradero liderazgo de Fidel Castro –joven dirigente de una fracción política inspirada en el pensamiento de José Martí y resistido por los comunistas– sobre el pueblo campesino, obrero, estudiantil y afro descendiente.
La revolución cubana –como otros tantos gobiernos populares de los años 50 en América Latina– no se dijo socialista en sus inicios. Sus banderas exaltaban la dignidad y la independencia nacional y la democracia con efectivo contenido popular. De modo que Fidel Castro –al decir de García Hernández– “pudo haber sido el Perón cubano” y decidió no serlo al destruir el viejo ejército batistiano y en tomar en pocos años medidas decididamente antiimperialistas y socialistas (algo que por cierto aplaudieron en La Habana el peronista John W. Cooke y el filósofo de izquierda León Rozitchner). La Cuba de los años sesenta fue sorpresiva y victoriosa en la medida en que no fue peronista ni comunista. Su excepcionalidad consistió en su asombrosa capacidad de colarse entre Lenin y Perón. Fidel Castro llego al poder aliado a sectores no socialistas –e incluso anticomunistas–, pero se negó a desempeñar el papel de “caudillo capaz de movilizar a las masas en aras de sus derechos, pero al mismo tiempo contenerlas cuando la radicalización fuese muy lejos”. La originalidad de la revolución triunfante, independiente de Moscú y audaz al superar los modelos populares tolerados dentro del capitalismo dependiente, parece salida de la pluma de Maquiavelo: el príncipe nuevo contribuye darle forma al pueblo hasta entonces disperso y por fuera de todo guion preformado.
Buena parte del interés del libro de García Hernández consiste, precisamente, en el rastreo y exposición sistemática de la constitución y posterior evolución del sistema político nacido de esa (doble) excepcionalidad cubana, tomando en cuenta el bloqueo norteamericano y su alineamiento –hacia los años setenta- con el poder de la URSS. El rastreo supone también una investigación de lo que cabría llamar una oposición de izquierda –y de la presencia de grupos militantes trotskistas– dentro de Cuba. El autor ofrece un modelo explicativo apoyado en la obra de León Trotsky: el particular decurso de la radicalización cubana es leída a la luz de la teoría de la revolución permanente, y el desesperado intento por adecuarse a una realidad sumamente adversa es categorizada a partir de los señalamientos que el jefe del ejército rojo hiciera sobre el papel de la burocratización estalinista en la URSS como restauración del capitalismo.
Tomando 1917 como punto de comparación, García Hernández escribe: “la Revolución cubana es más compleja de comprender que la rusa”. La dificultad es teórica: la radicalización caribeña no se dejó delimitar en secuencias temporales correspondientes a tareas nítidamente distinguibles (a etapa de las tareas democráticas primero, la de las socialistas después). Castro se sacudió la camisa de fuerza de los esquemas actuando simultáneamente a Kerensky y a Lenin. Fue indiscriminadamente nacional-antiimperialista, demócrata y socialista. Cierto que no fue Trotsky. Pero ciertamente tampoco fue Stalin. (Y no porque no hayan existido las IMAP, y la persecución de disidentes, a esta altura ya muy documentadas). La cuestión es otra: la cuestión de la originalidad no deja de plantear no pocos problemas –saludables- de caracterizaciones políticas, que no desaparecen siquiera durante la etapa de máxima sovietización cubana (que según muestra el autor nunca devino del todo armónica).
Se comprende entonces uno de los esfuerzos mayores de García Hernández por componer una perspectiva capaz de alojar, al mismo tiempo, el fluir original de una historia que lo incluye plenamente, junto al intento de no renunciar al espacio teórico abierto por los libros marxistas a los que no solo no renuncia, sino que emplea como referencia para plantear sus objeciones más agudas. Sus simpatías por la revolución democrática y popular que se radicaliza hasta declararse socialista, coexisten con su convicción crítica del poder constituido –consolidado ciertamente en “condiciones no elegidas”, es decir, bajo permanente guerra económica – y no solo económica norteamericana– que al no dar lugar a una democracia plena de la clase trabajadora no puede ser considerado tampoco socialista en términos plenos.
Como parte de ese empeño clarificador, García Hernández caracteriza al “fidelismo” ya no sólo cómo vértice y símbolo de la unidad política, sino también como corriente específica (y no necesariamente hegemónica) dentro del bloque en el poder actual en Cuba. Por fidelismo habría que entender a la vez la función de garante legítimo de ese poder constituido y, a la vez, de contrapoder interno a la dirección que conduce al modelo chino de reinstauración del capitalismo, y de simpatías por las corrientes nacional populares de izquierda que recorren el continente y de las que Hugo Chávez fue el principal emergente.
El libro esboza una suerte de programa: formular la crítica inmanente de la evolución del proceso revolucionario, señalar la condición problemática de la tendencial reinstalación del capitalismo en Cuba (bajo lo que llama el “modelo chino”: autorización legal de acumulación de capital, promoción de una burguesía, control monopólico de la política por parte del partido comunista) y búsqueda de nuevas combinaciones izquierdistas entre la clase trabajadora y la nueva dinámica de la sociedad civil en reconfiguración tras la caída del llamado socialismo europeo. Todo esto, en condiciones de crisis económica espantosa agravada al infinito por el bloqueo económico imperialista y los planes inminentes de Trump y Marco Rubio para ahogar a la isla.
Para dar cuenta de la crisis dentro de la cual se mueve su programa, el libro describe los términos de la enemistad histórica con EE.UU.; la complejidad de las relaciones del gobierno de Fidel Castro con la URSS –que dio lugar a un período de sovietización estalinista del Estado y de la sociedad– que terminó disolviéndose dejando a la isla en un estado de decepción y desamparo; la trayectoria internacionalista de decenas de miles de educadores, médicos y militares cubanos, con interesantísimas observaciones sobre el desempeño del ejército en África (a las que habría que agregar hoy el papel de los cubanos ante la agresión de los marines en Venezuela); la migración masiva de jóvenes y el fracaso –sobre todo a partir de la pandemia– de la apuesta económica por el turismo; la orientación estatal hacia la formación de una nueva (y débil) burguesía habanera que se recrea desde la cultura; la formación de grupos opositores en la nueva sociedad cubana que se yuxtapone con el malestar y con la crisis social derivada de la precaria situación económica (lo que ha llevado al gobierno a reprimir protestas sociales); y el control que la vieja guardia partidaria mantiene sobre la promoción de cuadros de la elite gobernante.
Al desembocar en la más inmediata actualidad cubana, la historización de García Hernández recapitula capítulos claves de la revolución: del congreso cultural de La Habana del ’68, al fracaso de la zafra de 1970; de la disputa con la corriente estalinista del PCC, a las reescrituras de la constitución cubana, del rechazo de la glasnot y la perestroika, a la tentativa de la dirección del partido por rescatar al Estado cubano de la crisis producida por la traumática desaparición de la URSS; de la formación de movimientos de disidencia creados por intelectuales y artistas, hasta las protestas que recorrieron los barrios de las principales ciudades en la postpandemia (en torno al 11 de julio de 2021). Dentro de esa prolija reconstrucción, y dada la vocación del autor por formular la genealogía de la formación de una oposición de izquierda, dos nombres se destacan con particular luz. Uno es el de Ernesto Che Guevara, caracterizado como una línea de izquierda que, sin asumir las posiciones de Trotsky, procura desplegar una autonomía ideológica y una crítica política respecto de la URSS, sin romper –contra lo que tanto se dice– con el fidelismo; el otro es Fernando Martínez Heredia, admirado filósofo militante tomado por el autor como símbolo de una generación que formó parte del mítico departamento de filosofía y de la revista Pensamiento Crítico, que expresó sin descanso una voluntad intelectual y moral de inspiración guevariana dentro del partido. ¿En qué medida las nuevas generaciones de intelectuales cubanos de izquierda encuentran en esos nombres una inspiración para dar cuenta de los dilemas que actualmente planea la situación cubana? Este capítulo permanece abierto, aunque el autor no se priva de dejar indicios y hasta nombres propios.
Si el valor declarado del libro es acercar una historia crítica de la Cuba de las últimas décadas al lector no cubano (esa es la intención de la edición argentina, tal y como lo anuncia Alejandro Horowicz en su prólogo), un valor aún mayor le adviene de circunstancias no queridas ni buscadas, luego de la agresión imperialista a Venezuela del 3 de enero, en la que cayeron combatiendo 32 militares cubano. Si interesa aprender del modelo interpretativo de García Hernández las tensiones, componendas y conflictos entre diversas alas del bloque en el poder, que tiene su raíz en la revolución del ’59 a la luz de sus respectivos contextos internacionales, hoy redescubrimos hasta qué punto la historia nacional y el contexto mundial se interpenetran, y definen grandes tendencias. Si resulta atractivo el hecho que este ensayo crítico está escrito por un militante comunista cubano (que ha dejado el PCC hace relativamente poco tiempo), que no quiere perder la pista socialista, evitando sucumbir ante el camino irresuelto –que para millones de cubanos es un verdadero drama–, conmueve volver sobre esta historia en una situación de por sí trágica en la que el orden mundial parece habilitar todo tipo de aventuras militaristas. Asumiendo –como buen lector de Trotsky– que no cabe pedirle a una isla que resiste a su suerte ante el abandono de la promesa de una revolución mundial que resuelva los problemas urgentísimos de la emancipación social, no es posible estudiar estas páginas, con la seriedad que reclaman, tomando distancia de la amenaza inminente que el fascismo trumpista ha montado –por medio del ahogamiento energético, la proximidad de la marina de guerra y el aliento a los grupos de poder de Miami a que intervengan trágicamente en el destino– sobre este bellísimo país del caribe que alberga en su historia un enorme capitulo latinoamericano. Es este cúmulo de tensiones –que tenemos que saber organizar para volverlo productivo–el que hace que el libro de García Hernández se torne artefacto candente, y un importantísimo motivo de reflexión.
Lunes, 2 de febrero de 2026.
Tomado de la revista argentina Letra Eñe.