Aunque el gobierno cubano insiste en que no hay negociaciones con Estados Unidos, Trump y Marco Rubio repiten que sí están teniendo lugar, e incluso, están llegando a buen término -algo similar a lo que sucedió en Venezuela antes de la intervención militar yanqui-. Lo cierto es que Cuba vive uno de sus momentos más peculiares: la espera de si algún país se decide a romper el cerco y enviar petróleo.
Pero, si esas conversaciones están teniendo lugar ¿En qué sentido estarían ocurriendo? ¿Estaría pidiendo Trump algún cambio político que pueda aceptar el gobierno cubano? A diferencia de Venezuela, en Cuba no existe ninguna oposición legalizada. A pesar de toda la represión de Maduro, existía una oposición legal, lo cual está incluso prohibido por la Constitución cubana quien dicta que el único partido autorizado es el Partido Comunista. En consecuencia, la más mínima de las reformas políticas provocarían un cambio estructural nunca antes visto en la Cuba posterior a 1959.
Entonces, ¿Cómo cambiar todo sin cambiar nada, esa fórmula reformista clásica del oportunismo político? Lo que se vería posible es que algún alto representante no estrechamente vinculado a Díaz-Canel anuncie públicamente su distutición, responsabilizándolo de todos los errores cometidos. Recuérdese que en enero de 2024 el entonces ministro de Economía, Alejandro Gil, recibió un tratamiento similar y Gil era un amigo personal de Díaz-Canel. Gil fue procesado no solo por corrupción, sino también por espionaje. Perfectamente a Díaz-Canel le pudieran imputar complicidad con el "espía Gil" -de quien ningún país se ha hecho responsable, ni tampoco se le señala insistemente para qué agencia habría trabajado-. La caída de Gil fue básicamente un lavado de cara ante una serie de paquetes económicos, no solo impopulares, sino también fallidos que generaron un irreversible descontento popular.
Díaz-Canel es en extremo impopular. Ha resultado un muñecón sin carisma, mal manejado y sin sello propio. Gil era uno de sus hombres y cayó. No hubo un solo paquete económico aplicado bajo el gobierno de Díaz-Canel que tuviera éxito. El turismo se desplomó como nunca antes. El abstencionismo se triplicó y sucedió lo hasta el momento inédito: continuas protestas populares. Es decir, básicamente, Díaz-Canel es un personaje político por el cual nadie lloraría. Su destitución sería -bajo la excusa que fuese- un positivo lavado de cara y una alegría bien recibida por las mayorías.
Obviamente, esto no cambiaría nada. Sería para darle alguna moneda de cambio político a Trump en las conversaciones políticas subterráneas y, detrás vendría la entrega de la isla. No por la caída de Díaz-Canel, sino porque todo formaría parte de un mismo paquete.
Del gobierno cubano no se puede esperar nada. Eventualmente, sin combustible, pactarán con Estados Unidos. Desgraciadamente, esto es lo que se escucha dentro de la población: un terrible agotamiento que está siendo aprovechado por los diferentes sectores derechistas. Los que hablan de la necesidad de una "reforma" en Cuba no aclaran exactamente a qué se refieren. Es obvio que urge una democratización del país, pero ¿Para quién? ¿Para que las organizaciones ultraderechistas lleguen al poder o para que la clase trabajadora tome los rumbos del país?
No es salir de Díaz-Canel o del gobierno actual y derrocar el sistema simplemente por hacerlo. Cuba caerá en un capitalismo atroz y, los mismos que hoy hablan ambiguamente de reforma, dirán entonces que "a pesar de los miles de pobres que seguirán existiendo, a pesar de los recortes sociales, a pesar de la devolución de propiedades a la contrarrevolución, a pesar de la represión anticomunista, a pesar de todos los retrocesos, estamos mejor". Es el mismo discurso que se le escucha incluso a no pocos gobiernos socialdemócratas cuando se jactan de las mejoras económicas y no miran a la extrema pobreza que no han podido -ni les interesa- erradicar. El gigante de la economía latinoamericana, Brasil, tiene al 50% de la población sin saneamiento básico. Cuando desde Ipanema o Copacabana los turistas ven la puesta del sol, no les interesa saber que en esas montañas por donde se pone el astro viven miles de personas en suelos de tierra, con casas en condiciones precarias, sumidos en la violencia y víctimas del narcotráfico: eso también es Río de Janeiro.
Sin embargo, cuando en octubre de 1962, Fidel Castro decía ante un eventual ataque nuclear estadounidense que "de todos será la misma suerte" estaba defendiendo las amplias conquistas de una revolución que había sacado de la oscuridad a millones de personas. Hoy, sus hijos, sentados en la oscuridad de los apagones, miran y viven un presente incierto, esperando que los dos gobiernos, sin ellos poder decidir nada, tomen la decisión que acuerden.
Fue la falta de democracia socialista lo que impidió la consagración del socialismo. Hubo voluntad de construir el socialismo por parte de la dirección política encabezada por Fidel Castro, pero nunca hubo la decisión de que fuera la clase trabajadora quien decidiera sobre el gobierno.
La única manera de que en 2026 Cuba llegara a una situación como esta es que la clase trabajadora hubiera, desde sus inicios, podido decidir qué rumbos tomar. Evidentamente no se habría encadenado a una sola industria como se hizo con el turismo, habría priorizado la soberanía alimentaria, desarrollado fuentes de energía renovables y no gastado millones de dólares en hoteles vacíos -cuya construcción es muy probable haya beneficiado a no pocos dirigentes- y mantenido un tan fuerte prestigio como aquella Cuba que podía hacer una revolución y saber que a pesar del bloqueo, triunfaría.
Desde el mismo 1959, en Miami, se esperaba cada año un "cambio" en Cuba. Exactamente cuando se cumplen cien años del nacimiento de Fidel Castro se hace evidente que Cuba, la nacida después de 1959 vivirá un cambio estructural del cual no saldrá beneficiada la clase trabajadora.
Nada está dicho. La situación es cambiante. Si cinco años atrás un 11 de julio estremeció a Cuba, otro 11J puede estremecer a quienes intenten apoderarse de Cuba, empleen el método que sea ¡Cuba Sí! ¡Yankis No!
