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Entre la anacronía y el totalitarismo

Lo que podrá sacar a luz los tesoros de las experiencias y las enseñanzas no será la apología acrítica sino la crítica penetrante y reflexiva.

Rosa Luxemburgo

Por José Alejandro Esteve Santos

Es muy difícil mantenerse impasible ante la barbarie y el cinismo edulcorado. El oportunismo político se regocija entre la necesidad de los de abajo y la hipocresía de los de arriba. Episodios bochornosos que creíamos enterrados en el nicho de la desvergüenza nacional, resurgen con la fetidez y la putrefacción del cadáver larvado que no ha rebasado el rigor mortis. 

Por estos días, turbas de pueblo complaciente con el poder vuelven a arremeter contra las disidencias. Braman y expectoran consignas ácidas que corroen el menor atisbo de cultura política. Los mal llamados "actos de reafirmación revolucionaria" emanan el azufre de un odio fratricida convenientemente sembrado, en tanto enfangan el pensamiento revolucionario y socialista que no alcanzan a entender. La vulgaridad biológica que nos habita es inversamente proporcional al grado de conciencia. Cuesta y duele pensar que semejante vulgaridad venga de sujetos conscientes de su actuación.

Cuba ya no sólo enfrenta una crónica crisis económica, atraviesa también una de dimensiones políticas. El manejo gubernamental en este caso parece tentado a emular nuevamente lo desastroso e ineficaz. Los manuales ideológicos del pececé lejos de actualizarse han apostado por lo viejo conocido. Fórmulas de hace más de 20 años puestas en marcha en un escenario 20 veces más complejo, han descolocado totalmente a la burocracia cubana en lo que supone no necesariamente el apego a lo tradicional, sino la incapacidad de entender su entorno y reaccionar oportunamente.

El rechazo creciente y ostensible de amplios sectores de la población a la política de contención y control de daños desplegada por el aparato ideológico del Partido/Estado/Gobierno da cuenta, por un lado, del distanciamiento de la dirigencia de la realidad popular, y por otro, de su brecha cada vez mayor con el marxismo y las ideas que dice representar.

En los vericuetos históricos que se vienen dibujando se pueden encontrar lecturas incómodamente similares a las experimentadas por los países del difunto campo socialista europeo. Algo de razón tiene el análisis de Trotski sobre la degerención burocrática desencadenada por el estalinismo. La fuerza dirigente superior cubana está en sumo grado determinada por las lógicas soviéticas de antaño.

El totalitarismo que emana del alma (dicen ellos) de la Revolución contrasta con su retórica democrática. En este punto, como en otros, la realidad devora el discurso. La respuesta ante la intención de algunos grupos de activistas de ser elementos activos en la democratización ha sido el gendarme, aunque contradictoriamente el monopolio mediático e informativo nacional persiste contumaz en mostrar a burócratas omniscientes que no viven como el pueblo, pero dicen preocuparse y pensar como él.

La contrarevolución política que se gesta desde hace años en el poder está matando a Marx. Cada horror en su nombre es una patada que aleja a las masas del socialismo. Apariencias y oportunismo sin gota de sustancia, la burocracia cubana utiliza la fraseología revolucionaria y socialista como escudo y manto para encubrir una cuestión de fondo, la defensa de sus privilegios y la preservación del poder. 

Las restricciones impuestas por la casta partidista militar a la democratización, delimitan un marco estrecho que excluye principios fundamentales de la democracia entendida en la esencia socialista, a saber: el insoslayable camino a la agonía de la maquinaria estatal y la liberación de la sociedad de toda opresión. Así lo planteaba Engels en 1891: la clase trabajadora tiene, de una parte, que barrer toda la vieja máquina represiva utilizada hasta entonces contra ella, y, de otra parte, precaverse contra sus propios diputados y funcionarios, declarándolos a todos, sin excepción revocables en cualquier momento…

En tanto en el escenario político las fuerzas se reconfiguran, el oficialismo sigue repitiendo el cuento infantil y reduccionista que agrupa a la izquierda en torno a ellos y a la derecha en la oposición. Desconoce por ignorancia o mala fé las aguas del mar bravío en las que su bote encallado amenaza con hundirse. Lo cierto es que mientras los sectores de derechas crecen en el gobierno, en proporción también lo hacen los de izquierdas en la oposición. 

El germen de esa izquierda que se declara crítica y marxista tiene el reto de desarrollarse a contracorriente ante las dos hegemonías claramente visibles que se disputan el poder, la que puja desde la Florida y la que se esconde tras Gaesa. 

En este período de inflexión en Cuba se precisa renovar códigos y paradigmas. El presupuesto del estalinismo se encuentra entre la anacronía y el totalitarismo, es decir, en el fracaso. Así lo sentenció Rosa Luxemburgo en su texto La Revolución rusa: ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro.

El tiempo le ha dado la razón a esta elocuente pensadora, el horizonte para construir una nueva sociedad no puede ser otro que el de la democracia más amplia y la libertad política más ilimitada. Ayer como hoy resuenan sus palabras en Reforma o Revolución: sólo a través de la lucha por la democracia y del ejercicio de los derechos democráticos puede el proletariado llegar a ser consciente de sus intereses de clase y de sus tareas históricas (...) quien desee el fortalecimiento de la democracia también debe desear el fortalecimiento del movimiento socialista, y no su debilitamiento; quien abandona la lucha por el socialismo abandona también el movimiento obrero y la democracia.


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