Tres respuestas a tres preguntas de economía política. Apuntes revolucionarios

La lucha de clases no está regida por los textos escritos en los conventos del marxismo-leninismo; y una de las causas que provocaron la muerte política de la Unión Soviética fue el dogmatismo. Las consecuencias de ese dogmatismo las están pagando aún las organizaciones revolucionarias, chocando con la desconfianza nacida en la clase trabajadora tras la caída de la Unión Soviética. En Cuba, las contradicciones entre la realidad y el discurso comunista se hacen cada vez más fuertes. Acá el sociólogo cubano Jaime López intenta responder tres preguntas que nacieron en la lucha del marxismo contra el reaccionario sentido común. Más allá de las diferencias con algunos planteos de Jaime López, consideramos que este es un texto útil. No olvidemos que la pluralidad de enfoques marxistas, por su naturaleza, es revolucionaria. 


Por Jaime López 


Si algo ha desaparecido del horizonte de las izquierdas que todavía hoy se reclaman marxistas es la esencia de la radicalidad de la apuesta comunista. Una apuesta emancipatoria que no nace ciertamente con Marx, pero que es con él que alcanza una sistematización científica fundamental. En la esencia del proyecto anticapitalista marxiano estaba la supresión histórica del mercado, el salariado y el Estado. El salariado y el mercado son los momentos constitutivos e interdependientes de la sociedad capitalista. Y el estado, a su vez, no es más que el vehículo político de su implementación y de su constante reproducción en escala ampliada. De ahí que la clave más honda del prospecto revolucionario está en la relación al mercado, en su superación. Lo cual, desde luego, no se consigue por decreto, ni de un momento para otro, sino que es precisamente el contenido histórico del proceso de transición al comunismo. Ante estas consideraciones, me fueron formuladas un grupo de preguntas. Preguntas orientadas tanto desde el “sentido común” ya instalado de la insuperabilidad del mercado (lo que implicaría, en realidad, la insuperabilidad del salariado y, por ende, la del capitalismo mismo), cuanto desde la urgencia de atajar las crisis que nos afectan y en las que el país se precipita en picada.

¿ Puede usted explicar para los revolucionarios callejeros como yo las siguientes tres preguntas?

 1- Qué sucedería mañana con el pago a los trabajadores que producirían mercancías en una fábrica cubana? 

2- Producirán mañana mercancías o sólo productos con valor de uso estricto?

 3- Luego puede explicar cómo su Marx concebía el pago a los trabajadores? Partamos de que mañana amaneceremos con relaciones monetario mercantiles, mercado y un Estado omnipresente.


Sus preguntas son enteramente pertinentes. Trataré de responder lo más sucintamente que me sea posible.


Ante todo, hay que partir de ciertas premisas teóricas básicas:


A. El régimen capitalista de producción es un sistema social que existe como un todo y no por partes separables: así, no puede hablarse de que en una u otra empresa, considerada al margen del conjunto de las relaciones económicas en las que está inmersa en el contexto socioeconómico total, existe o no el capitalismo;


B. El régimen capitalista de producción es el régimen general de producción de mercancías basado en el trabajo asalariado;


C. Capital es, formalmente considerado, toda suma de valor cuya forma de circulación conlleva su valorización o incremento continuamente renovado. Hay una diferencia radical entre un sistema de producción en que sólo los excedentes se comercializan para adquirir así lo que no se alcanza a producir y se necesita o requiere, y un sistema en que la totalidad de lo producido está destinado a la venta con el objeto de valorizar el valor anticipado (recuperar la suma de valor invertida más un incremento o rédito). La forma de circulación del valor en el primer caso es M-D-M, vender para comprar lo que se necesita y de lo que no se dispone. Un régimen de producción en que se da de manera predominante este tipo de circulación no es un régimen de producción de mercancías, aunque en él se produzcan y comercien mercancías. Hay comercio, pero no un régimen de producción de mercancías. El régimen de producción está orientado a la satisfacción de necesidades y al boato y el fasto de los poderosos y las autocracias estatales y, eventualmente, también a la guerra. No al valor y su indefinida incrementación. En cambio, la forma de circulación en el segundo caso es D-M-D’, comprar para vender con superávit. Donde impera esta forma de circulación, la producción se destina enteramente al mercado. En este régimen general de producción de mercancías así como todo lo que se produce se vende, también necesariamente todo lo que pueda adquirirse se compra en el mercado. Pero bajo esta condición se hace imperativo que el trabajo sea remunerado y que el trabajador disponga libremente de sí. Pero también es necesario, históricamente, y en general, que no sea poseedor de recursos propios de producción, pues de otro modo produciría él mismo por su cuenta y no contrataría su trabajo bajo el mando de un empresario. La necesidad de la cooperación en gran escala bajo un mando aglutinante y la disociación de los trabajadores respecto de la posesión de los recursos de producción, en un contexto general de mercado, se traduce inescapablemente en un régimen de trabajo asalariado. 

La valorización del valor (comprar para vender con superávit) sólo es posible porque la remuneración (= salario, sueldo, paga, que se ofrece a cambio de una prestación laboral) equivale al valor generado durante una parte de la jornada, en tanto el resto es trabajo excedente impago, que es la fuente del superávit apetecido (plusvalor). Así pues, si, formalmente, capital es valor que se valoriza, suma de valor que circula según la forma D-M-D’, comprar para vender con superávit, y cuyo fin está en el valor y su incremento, materialmente considerado, capital es una relación social de producción basada en el trabajo asalariado que se mediatiza y reifica (se hace “cosa”) en una cierta forma de movimiento del valor, el cual se orienta a su vez a este mismo y su incremento. 

Resaltemos una vez más la oposición entre las dos formas posibles de circulación del valor: 1- vender para comprar lo que se necesita, y 2- comprar para vender con superávit. En el primer caso el comercio es una actividad que transcurre más allá de la esfera de la actividad productiva y ésta obedece o a la satisfacción directa de necesidades o a su satisfacción mediada por un acto de cambio. En el segundo caso la producción es ya de antemano y enteramente producción de mercancías, y esto de un modo social general.

La fuente del superávit es el plusvalor, o sea, el remanente de valor sobre la parte que reproduce un equivalente del valor de la fuerza de trabajo en el total del valor de nueva creación generado por el trabajo. 


D. El monto del salario o remuneración está social e históricamente sobredeterminado, imponiéndose a cada caso de negociación y contratación (individual o colectivamente) entre el trabajador y el empresario. Abarca el fondo de manutención cotidiana del trabajador bajo las condiciones impuestas por la valorización y la acumulación del capital, es decir, por su reditualidad alrededor de la tasa media general de beneficio y su necesaria expansión so pena de ser arrollado por la competencia. Estas condiciones trazan el límite superior del salario, en tanto su límite inferior viene dado por el mínimo que garantice la supervivencia del trabajador. En cualquier régimen de producción de mercancías basado en el trabajo remunerado o asalariado (= capitalismo), el nivel de la remuneración no puede sobrepasar el límite que implicaría comprometer la rentabilidad y las exigencias de la acumulación impuestas por la competencia. 

Este es un punto especialmente importante porque nos da la medida en que incluso en empresas colectivizadas bajo el capitalismo como sistema social prevaleciente la remuneración está constreñida dentro de límites insobrepasables, aun cuando la misma sea en esos casos “democráticamente acordada por los propios trabajadores”. (Téngase en cuenta lo señalado en el punto A).


E. El móvil económico inexorablemente imperativo y dominante sobre todo empresario, bajo el régimen capitalista de producción, es la acumulación incesantemente creciente. Entiéndese por acumulación la contraparte de la valorización: o sea, la reversión a capital del plusvalor obtenido (rédito, ganancia). La reinversión que busca conseguir una reproducción en escala ampliada. El valor tiene que valorizarse (incrementarse) para poder revalorizarse de un modo expansivo y competitivo, es decir, para poder acumularse. 

El valor se valoriza en función de la acumulación. Este es el ciclo de Sísifo del capital, y del cual no hay escapatoria posible bajo las condiciones de una economía de mercado, en el entendido de que ésta es aquella donde la sociedad produce íntegramente para vender y todo lo individualmente adquirible se adquiere mediante su compra en el mercado. No hace al caso cuán “libre” o cuán regulado, intervenido, financiera o burocráticamente controlado, sea el mercado. (Para los liberales sólo una economía de libre mercado es una economía de mercado. Pero no; economía de mercado es régimen (general) de producción de mercancías. Allí donde todo nexo económico está constituido por actos de transacción y compraventa estamos en presencia de una economía de mercado, y eso es inexorablemente = capitalismo. No importan las sobredeterminaciones aparentemente extraeconómicas (institucionales, estatales) que pesen sobre ella; tampoco importan las mediatizaciones y distorsiones a que esté sometida la determinación relativa del valor —precios— sobre la base del tiempo de trabajo socialmente necesario). 


F. Por explotación capitalista del trabajo asalariado se entiende la generación y apropiación de plusvalor. A este respecto es importante distinguir ciertas relaciones (cocientes) o tasas. El valor total del producto obtenido en un ciclo de producción es (1) V = c + v + p. Donde: c, parte del capital invertida en medios e insumos de producción; v, parte del capital invertida en salarios; p, plusvalor generado. El capital invertido es C = c + v. De aquí que la primera ecuación puede reescribirse así: (2) V = C + ∆ C. Donde ∆ C = p, es el superávit de valor o plusvalor. A su vez el valor (V) se nos presenta como el capital incrementado (valor valorizado): V = C’ = C + ∆ C. El valor del producto-mercancías ya contiene en sí de antemano el plusvalor.

Éste no proviene del cambio en el mercado, puesto que se genera ya en la esfera de la producción, que a su vez está basada en el trabajo asalariado, sino que se realiza (si lo logra) en el mercado. Tasa de plusvalor: p’ = p/v. Esta tasa nos da la medida del grado de explotación. Tasa de beneficio o ganancia: g’ = p / (c + v). O también: g’ = ∆ C / C. Esta es la relación que interesa al empresario o capitalista, pues representa la razón de lo que él obtiene respecto de lo que invierte. 

Otra tasa que es sumamente importante, en vistas del análisis macroeconómico del funcionamiento del capitalismo como sistema conjunto, es la composición orgánica del capital: C^ = c / v. Pero entrar en su análisis excede lo necesario, de momento, en estas aclaraciones. (Pero, repito, su consideración es fundamental en el edificio teórico de Marx, de cara a establecer los límites estructurales del capitalismo, la teoría de las crisis por sobreacumulación, y la tendencia al colapso que se abre paso a través de ellas y cuya dinámica constituye la base objetiva de la posibilidad de una revolución anticapitalista). 

Por último, hay que tener en cuenta también la tasa de acumulación: p^ = a / r. Tomando en consideración que en la reproducción ampliada una parte del plusvalor obtenido revierte a capital (es decir, se acumula) y otra parte constituye la renta de consumo del capitalista, tenemos que: p = a + r, donde: a, fondo de acumulación, y r, renta de consumo del capitalista. Cabe llamar la atención sobre el hecho de que la tasa de explotación no es r / v, que nos daría la correlación entre lo que el empresario o capitalista consume y disfruta y lo que alcanza a consumir y disfrutar el trabajador —o más exactamente: el conjunto de sus trabajadores, dado que v es la parte completa del capital que paga salarios—, es decir, de que no es la medida de su cara “buena vida” respecto de las limitadas posibilidades de disfrute y confort del trabajador atenidas a su salario, sino que es p / v, donde p = a + r. Esto es importante porque, conforme el capitalismo se desarrolla, crece considerabilísimamente la tasa de acumulación (y, vale la pena señalarlo, también crece notablemente la composición orgánica c / v). Esto implica que la mayor parte del plusvalor amasado va a la cuenta de la acumulación y sólo una parte proporcionalmente cada vez menor va al consumo suntuoso y despilfarrador del capitalista. Si al capitalista, movido por un súbito ascetismo religioso, le diese por ser austero, siendo r equiparable al salario corriente de un obrero, el grado de explotación a que los trabajadores estarían sometidos no sería menor, y podría continuar su sombría marcha creciente. 

Michael Heinrich, uno de los marxistas contemporáneos más prominentes —perteneciente a la orientación de la llamada “nueva lectura de Marx”—, ha escrito al respecto en su Crítica de la economía política (2008):

La ganancia de una empresa capitalista no sirve de manera pre­dominante para posibilitarle una vida agradable al capitalista; la ganan­cia debe invertirse de nuevo para generar aún más ganancia en el futuro. El fin inmediato de la producción no es la satisfacción de necesida­des, sino la valorización del capital, y en este sentido también el disfru­te del capitalista es sólo un producto secundario de este proceso, pero no su fin: si las ganancias son suficientemente grandes, entonces basta una pequeña parte de ellas para financiar la vida opulenta del capitalista, mientras que la mayor parte de las ganancias pueden ser utilizadas para la «acumulación» (el incremento del capital).

Posiblemente parezca absurdo que la ganancia no esté destinada de manera predominante al consumo del capitalista, sino a la continua valorización del capital, es decir, al movimiento incesante de una ganancia cada vez mayor. Sin embargo, aquí no se trata de un absurdo indivi­dual. Cada uno de los capitalistas se ve forzado por la competencia de los otros a este movimiento incesante de la ganancia (permanente acumula­ción, aumento de la producción, introducción de nuevas técnicas, etc.): si no se acumula, si el aparato de producción no se moderniza continua­mente, la empresa corre el riesgo de ser arrollada por competidores que producen más barato o fabrican mejores productos. Si un determinado capitalista quiere sustraerse a la continua acumulación e innovación, le amenaza la quiebra. Por lo tanto, está forzado a participar en el proceso, lo quiera o no. En el capitalismo, el «afán desmesurado de lucro» no es una deficiencia moral del individuo, sino que resulta necesario para sobrevivir como capitalista. Como se pondrá de manifiesto en los próxi­mos capítulos, el capitalismo se basa en una relación de poder sistémica, que supone una coacción para todos los individuos que están sujetos a dicha relación, tanto para los trabajadores y trabajadoras como para los capitalistas. Por eso se queda muy corta una crítica que se dirija al «afán de lucro desmesurado» de los capitalistas individuales, pero no al sistema capitalista en su conjunto”.


G. La coacción imperiosa de la acumulación, impuesta por la competencia a todos los capitalistas, se traduce en un imparable frenesí de la producción por la producción misma, o más exactamente: de la producción por el valor (esa “abstracción espectral”, como dice Marx) y su indefinida incrementación. En su etapa ascensional, que llena hasta hoy en lo que se ha dado en llamar Occidente varios siglos, el impulso al desarrollo desmesurado y portentoso de las fuerzas productivas (sin contar, por lo pronto, con los inmensos y horribles costos sociales que ello llevó aparejado) ha sido colosal, al punto de sobregirar la explotación de los recursos naturales finitos del planeta y alterar gravemente el clima y los frágiles ciclos sobre que se sostiene la vida. Sin embargo, los portentos creados por ese imparable desarrollo de las fuerzas productivas han sido, sin duda, espectaculares. Ya en el Manifiesto Comunista Marx da cuenta de ello de un modo muy vívido y elocuente:

“La burguesía no puede existir sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción y, por consiguiente, las relaciones de producción, y con ello todas las relaciones sociales. La conservación del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriales precedentes. Una revolución continua en la producción, una incesante conmoción de todas las condiciones sociales, un movimiento y una inseguridad constante, distinguen la época burguesa de todas las anteriores. Todas las relaciones sociales estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas durante siglos, quedan rotas; las nuevas se hacen añejas antes de haber podido osificarse. Todo lo estamental y estancado se esfuma, todo lo sagrado es profanado, todo lo sólido se disuelve en el aire, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas. (…) Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. (…) Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y son destruidas continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas partes del globo. En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento de las regiones y naciones que se bastaban a sí mismas, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material como a la producción intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas.

La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan de día en día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal”. 


En resumen. El capitalismo impulsa, con el forzoso y enérgico imperativo de la acumulación, un desenvolvimiento desmesurado e imparable de las fuerzas productivas. Lo somete todo a la ansiosa servidumbre del valor. Con ello, genera una tensión insostenible entre su pulsión al crecimiento ilimitado de las fuerzas productivas y las posibilidades físicas del crecimiento de la producción. Somete a los productores a un trabajo cada vez más intensificado, más agobiante, y a una explotación cada vez más implacable, y todo ello en condiciones de alienación y opresión crecientes. Las crisis generadas por explosiones de sobreacumulación se suceden periódicamente y a través de ellas se abre paso una sorda tendencia al colapso, que ha ido esquivando, sin embargo, de varias maneras ya desde el pasado siglo. Ante todo, mediante la llamada terciarización (desarrollo de la economía de los servicios); mediante el despliegue más descomunal y peligroso de la industria armamentística; mediante la especulación y la financiarización; mediante el narcotráfico; y, finalmente, mediante el infame y terrible negocio de la guerra. Pero nada de eso salva al capitalismo de aquella tendencia al colapso en todos los órdenes: económico, energético, de acelerado agotamiento de los recursos naturales (¡incluidos los renovables!), antropológico, y ecológico. El capitalismo es autodestructivo. 

Pero junto a esta autodestructividad, junto a esta tendencia al colapso, junto a la inseguridad, la deshumanización, la banalización comercial de la cultura y de la vida, la incesante y desquiciada servidumbre del trabajo alienado, del valor y, por tanto, del capital, junto a todo eso —el capitalismo ha desarrollado una estrechísima interdependencia de la producción a escala universal, una socialización del trabajo de la más vasta amplitud, una ciencia y una tecnología extremadamente sofisticadas y poderosas. Y justo en ello reside la base material para una sociedad postcapitalista. 

Pero que aboque a una debacle civilizatoria y ecológica sin salida o a una mutación revolucionaria que haga nacer esa sociedad postcapitalista no está decidido, y ese dilema existencial de la especie humana sólo podrían dirimirlo los trabajadores auto-organizados haciéndose cargo democráticamente ellos mismos de la gestión del proceso social global de producción. Primero a una escala nacional, acto seguido hasta alcanzar a un bloque de países, y finalmente a escala cosmopolita. 


H. La clave está en la socialización del trabajo a la más vasta escala. Esta socialización discurre a través de la mediación del tráfico mercantil generalizado basado en la propiedad privada y el trabajo asalariado. En ello consiste la contradicción fundamental del capitalismo sobre la base de cuya resolución podría nacer una sociedad postcapitalista auto-emancipada: una sociedad comunista ¿Cómo? Haciendo pasar esta socialización universal del trabajo de su mediatización mercantil a la forma de una socialización directa y democrática. Pero ello supone no sólo desmontar el capitalismo, sino las estructuras e instituciones civilizatorias básicas de todas las sociedades de clases que en él alcanzan su culmen: el mercado y el estado. Evidentemente, una transformación histórica de tal envergadura ni puede completarse en un solo país ni puede realizarse por medio de un acto instantáneo de decisión política o tal vez siquiera en un plazo breve. Necesita de todo un período histórico de transformación revolucionaria de la sociedad capitalista en sociedad comunista. Un período de subversión anticapitalista que construya el comunismo.

¿Cómo habría de discurrir en términos generales este proceso tomando una escala nacional inicial? Organizando la gestión colectiva de la producción social nacional a través de la planeación concertada (no centralizada) por los distintos colectivos asociados de trabajadores (asociación de alcance nacional en su articulación) y las cooperativas, y sobre la base del principio de suministro gratuito convenido entre los primeros (sin mediar relaciones mercantil-dinerarias entre dichos colectivos). Las relaciones de cambio subsisten sólo allí donde se dé un cambio de tipo y ámbito de propiedad: entre los productores asociados a escala nacional y los colectivos cooperativos (que constituyen una forma intermedia y transicional hacia la plena socialización), entre ambos y los consumidores en la medida en que su acceso a bienes y servicios de consumo y disfrute esté todavía mediado por una remuneración (y la tendencia es a ampliar gradualmente el acceso gratuito a bienes y servicios, según las posibilidades), y en lo referido al comercio exterior. Por tanto, hay relaciones mercantil-dinerarias que perduran en esta etapa y que son progresivamente limitadas, conforme avanza el proceso. 


Hasta aquí las premisas teóricas necesarias. Paso ahora a tus preguntas. 


1- Los trabajadores continúan siendo remunerados, aunque como ellos intervienen directamente ya en la gestión de la producción la decisión en cuanto al monto de su remuneración entra en la esfera inmediata de su competencia decisoria, bien que tal decisión tiene que ser nacionalmente vinculante y no una auto-asignación separada por grupos o colectivos (empresas). Como se trata de un proceso de erradicación del salariado —y no de un acto de abolición—, las tendencias serían: a buscar una combinación de retribución igualitaria y de remuneración familiar, y a expandir cuanto sea posible las gratuidades.


2- En lo que afecta a las cadenas de suministro dentro del ámbito cubierto por el trabajo asociado a escala nacional, y en lo que toca a los bienes y servicios que puedan ser ya de acceso gratuito, se producirían simples valores de uso, no mercancías. Mercancías hay aún sólo allí donde hay cambio de tipo y ámbito de propiedad. 


3- Marx entendía, en la Crítica del programa de Gotha, que en el período histórico de subversión anticapitalista en que se construye la sociedad comunista, período al cual él considera ya la primera fase de ésta, se da una doble forma de acceso a bienes y servicios de consumo y disfrute: la que corresponde a necesidades de satisfacción colectiva (pública) y la que atañe a necesidades de satisfacción individual o familiar. La primera puede ser ya desde el primer momento de disponibilidad gratuita. La segunda ha de estar mediada todavía por una forma de retribución laboral (de acuerdo al trabajo). 

Sobre este particular hay que decir dos cosas: 

a) que lo que Marx dice allí de un modo apenas tentativo, y con el propósito de impugnar la redacción lassalleana del proyecto de programa, hay que contrastarlo tanto con una especulación semejante que se halla en el último apartado del capítulo 1 del tomo I de El capital, en que dice que podría tomarse a título de ajustar un paralelo con la sociedad actual (capitalista) una forma distributiva mediante bonos de trabajo (o sea, lo que hace es forzar una analogía con fines, digamos, didácticos o polémicos), cuanto con los pasajes demoledoramente críticos del prospecto socialista de los bonos de trabajo que se encuentran en Miseria de la filosofía, en Contribución a la crítica de la economía política, y en los Grundrisse

b) que lo único que puede tenerse por seguro en lo que respecta a Marx es que la consumación de la auto-emancipación de los trabajadores estriba para él en la supresión del trabajo asalariado (= remunerado, retribuido) sobre la base de su socialización directa (o sea, no mediada por actos de cambio) y democrática, a escala de toda la nación (en una primera etapa), y que para llegar ahí los trabajadores mismos tendrán que “hacerse camino al andar”. (Pues no hay fórmulas pre-establecidas).

Poniendo la cosa en su máxima y esencial sencillez: dondequiera que impere como leit motiv y como ley de todo el proceso social de producción y de sus interconexiones económicas la forma de circulación D-M-D’, comprar (medios de producción y fuerza de trabajo) para vender con superávit (un producto-mercancías de valor superior al erogado inicialmente), eso es capitalismo. Y si de lo que se trata es de acabar con el capitalismo, pues hay que saber que es ESTO con lo que se debe terminar. Todos los intentos socialistas no han hecho más que mantener esa estructura básica definitoria, poniéndola bajo el control del Estado para que éste despliegue su superior munificencia. Marx JAMÁS habló de “justicia social”, sino de auto-emancipación de los trabajadores. Por eso es que es tan importante recuperar los conceptos fundamentales. No se trata de quisquillosidad erudita o meramente ideológica. Es una cuestión políticamente decisiva.

Jaime López, Santiago de Cuba

Nota: Los subrayados en negro son del Comité Editorial